La invención de Morel y la trampa de la memoria: cuando la mente confabula su propia eternidad

Por: Rodolfo Román (Enero 10, 2026)

Recientemente leí por segunda vez La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. La primera vez fue hace más de trece años, cuando apenas era estudiante de medicina y un ávido lector de autores latinoamericanos que había aceptado —no sin resignación— vivir el sueño de ser escritor únicamente los fines de semana. En aquel entonces, mi identidad parecía debatirse entre dos personajes: uno era un estudiante de medicina riguroso consigo mismo, absorbido por las materias, los exámenes y la disciplina de lunes a viernes. El otro, más silencioso y terriblemente nostálgico, se aislaba los fines de semana para perderse entre libros y poesía en los pasillos de la biblioteca, como si la literatura fuera una especie de refugio ante una realidad demasiado demandante.

Volver a esta novela tantos años después, ya no como estudiante sino como neurólogo, fue una experiencia distinta. Y es que, ¿a quién no le ha ocurrido algo similar al releer un cuento o una novela? El texto permanece intacto, pero el lector ya no es el mismo. Así me sucedió a mí: donde antes veía únicamente una historia fantástica sobre la inmortalidad y el amor imposible, ahora comenzaron a delinearse con claridad otros ejes más profundos, otras preguntas latentes que, en aquel entonces, habían pasado inadvertidas y que intentaré explicar a continuación.

Pero volvamos al punto de partida. En La invención de Morel, Bioy Casares imagina una isla en la que Morel ha creado una máquina capaz de registrar a un grupo de personas en su totalidad: imagen, voz, gestos y, de manera inquietante, algo que se asemeja a su conciencia. Estas grabaciones se reproducen eternamente, congeladas en un bucle perfecto. No obstante, el precio de esta hazaña es radical: la muerte biológica del individuo original. Morel persigue así una forma extrema de inmortalidad, fijar para siempre un instante ideal de su vida junto a Faustine, la mujer que ama. Sin embargo, lo que la máquina preserva no es la vida en sí, sino apenas su apariencia: una memoria sin devenir, una presencia despojada de toda posibilidad de cambio. Las imágenes de aquella semana en la isla se repiten de forma perenne.

El narrador y protagonista de esta historia es un fugitivo que llega a la isla donde Morel ejecutó su obra maestra. Poco tiempo después de instalarse, comprende que no está solo. De manera casi hipnótica describe cómo observa a Faustine acercarse cada tarde a la colina que domina la playa. El paisaje es luminoso y sereno: el mar se extiende abajo, inmóvil, mientras el sol desciende lentamente y tiñe todo de una luz dorada. Faustine avanza con paso calmo, completamente ajena a quien la contempla, y se detiene siempre en el mismo punto, desde donde fija la mirada en el horizonte. El fugitivo, oculto, la sigue con una atención obsesiva; sabe con exactitud dónde se detendrá, cómo girará el cuerpo, cuánto tiempo permanecerá inmóvil, como si asistiera a una escena ensayada hasta el mínimo detalle. La belleza de Faustine lo deslumbra. Sin embargo, pese a seguirla incansablemente, ella nunca reacciona a su presencia. No lo ve, no lo oye, no se sobresalta, ni siquiera cuando él se coloca deliberadamente frente a ella o le dirige la palabra. Con el paso de los días, el fugitivo comienza a advertir algo aún más perturbador: las conversaciones, los paseos, los gestos y las escenas se repiten de forma idéntica, como si el tiempo hubiese quedado atrapado en un espiral eterno. Llega incluso a anticipar con precisión cada movimiento de Faustine y del resto de los visitantes. Eventualmente, el fugitivo enferma gravemente, pues el vivir oculto en los pantanos de la isla, la exposición a una humedad constante, la mala alimentación y una probable infección tropical, terminan dejando estragos que son humanos y reales. Desarrolla fiebre, su físico deteriora progresivamente y comienza a reinar en él la convicción íntima de que va a morir.

Su estado decadente, me parece una genialidad de parte de Bioy Casares, pues contrasta de manera brutal con la absoluta inmutabilidad de Faustine y de los demás veraneantes, quienes no enferman ni envejecen. Esa diferencia refuerza la certeza de que no están vivos, sino que pertenecen a otro plano existencial. Y cuando finalmente comprende el funcionamiento de la máquina de Morel —un dispositivo que registra a las personas a costa de su vida—, su enfermedad adquiere un sentido definitivo. Al ser consciente de que ya no existe una alternativa real de supervivencia, el fugitivo decide entregarse voluntariamente al invento y aceptar su muerte biológica, con la esperanza de eternizarse, aunque sea como imagen, junto a Faustine.

En la novela, me parece significativo que Bioy Casares nunca permita que estos dos personajes coexistan en el tiempo narrativo: Morel ya ha actuado cuando el fugitivo llega a la isla. Sin embargo, considero que la aparente escisión entre el fugitivo y Morel puede leerse no como dos historias paralelas, sino como dos instancias de una misma conciencia escindida. Morel sería el yo omnipotente, creador, narcisista, capaz de sacrificar a Faustine —y a los demás— en nombre de una eternidad perfecta; el fugitivo, en cambio, encarna un ser condenado a la carencia, al deterioro corporal, a la enfermedad y a la espera sin respuesta.

Justo en torno a los días en que releía La invención de Morel, me tocó atender un caso muy peculiar de un paciente con demencia por enfermedad de Alzheimer. En la consulta, su esposa me relataba que meses atrás habían sido visitados por una de sus sobrinas, su sobrina preferida específicamente, quien estuvo con ellos durante la primavera no más de una semana. Ellos nunca pudieron tener hijos y su sobrina representa para él el vínculo más cercano a una hija. Y quizá esto explique por qué el señor pareció quedar profundamente impactado por esa visita.

El hombre se encuentra en un estado amnésico severo, pero desde aquella primavera quedó fijado con la idea de la sobrina en casa. Casi cotidianamente, mucho tiempo después de su partida, la busca en la habitación de huéspedes para avisarle que el desayuno ya está listo; interrumpe su rutina para incluirla como parte de ella. Su esposa me explicaba que aquella semana que pasó con su sobrina quedó, de alguna forma, fijada en él. El hombre confabula de manera constante con la visita de la sobrina. No tiene la menor idea de en qué fecha vive, pero la busca diariamente, como si se hubiese quedado estancado en esa semana en que la sobrina los visitó.

Y mientras entrevistaba a este paciente y a su esposa, no pude evitar correlacionar su caso con lo que me encontraba leyendo. De cierta forma, este hombre y el fugitivo experimentan un fenómeno similar, en el que la mente juega con la realidad y la memoria. Específicamente, esa misma tarde me enfrasqué en una búsqueda para intentar comprender de mejor manera los mecanismos neurobiológicos detrás de la confabulación.

Korsakoff fue de los primeros en observar que pacientes alcohólicos con amnesia presentaban pseudoreminiscencias, en las que producían eventos detallados que no habían sucedido, a veces mezclándolos con eventos reales del presente. Los primeros intentos por comprender la confabulación desde un punto de vista neurobiológico comenzaron a mostrar que no se trataba simplemente de un “fallo de memoria”, sino de una alteración más profunda en la relación entre pensamiento y realidad. En su trabajo clásico sobre la confabulación espontánea y la adaptación del pensamiento a la realidad en curso, Schnider propuso que el fenómeno emerge cuando el cerebro pierde la capacidad de filtrar qué representaciones mentales son pertinentes para el presente. En otras palabras, el problema no es solo recordar mal, sino no saber qué recuerdo pertenece al ahora.

Desde esta perspectiva, la confabulación espontánea se ha asociado de forma consistente con lesiones en la región orbitofrontal medial, una zona crítica para evaluar la relevancia contextual de la información evocada. Esta región no “almacena” recuerdos, pero cumple una función esencial: suprime aquellas representaciones que, aunque verosímiles, ya no corresponden a la realidad actual. Cuando este mecanismo falla, pensamientos o recuerdos irrelevantes —pero emocionalmente cargados— pueden imponerse como verdaderos.

Para explorar este fenómeno, Schnider y su grupo diseñaron un experimento aparentemente simple (ver imagen a continuación), pero conceptualmente muy sofisticado, cuyo objetivo no era medir la memoria en sí misma, sino la capacidad del pensamiento para ajustarse a la realidad que está ocurriendo en ese momento. A los participantes se les presentaba, en una primera fase, una larga secuencia de imágenes. Algunas de estas imágenes reaparecían dentro de esa misma secuencia, y la tarea del sujeto consistía únicamente en indicar cuándo una imagen se repetía. En este primer recorrido, cualquier estímulo que resultara familiar podía asumirse legítimamente como una repetición, por lo que esta fase evaluaba, de manera bastante directa, la capacidad de aprender y reconocer información nueva.

Pero el punto crucial del experimento no estaba ahí, sino en lo que ocurría después. Aproximadamente una hora más tarde, los participantes eran expuestos nuevamente a la misma serie completa de imágenes, aunque ahora dispuestas en un orden diferente. Antes de comenzar, se les daba una instrucción clave: debían olvidar que ya habían visto todas las imágenes con anterioridad y señalar únicamente aquellas que se repitieran dentro de esta segunda presentación. En otras palabras, debían responder “sí” solo si una imagen reaparecía en el transcurso de este segundo recorrido, y no simplemente porque les resultara conocida.

Imagen tomada de: Schnider A. Spontaneous confabulation and the adaptation of thought to ongoing reality. Brain. 2003;126(Pt 5):1085-1096. doi:10.1093/brain/awg104

En esta segunda fase, la tarea ya no podía resolverse apelando a la familiaridad. Todas las imágenes eran, por definición, familiares. El desempeño dependía ahora de algo mucho más sutil: la capacidad de distinguir si la sensación de reconocimiento evocada por una imagen correspondía a la realidad inmediata —esto es, a una repetición dentro del presente de la tarea— o si, por el contrario, provenía de un pasado que ya no era relevante, la experiencia del primer recorrido. El paciente debía decidir si ese recuerdo pertenecía al “ahora” o a un “antes” que debía ser activamente ignorado.

Fue precisamente en esta segunda fase donde los pacientes con confabulación espontánea mostraron un patrón distintivo. A diferencia de los sujetos sanos y de los pacientes amnésicos sin confabulación, su desempeño se deterioró de manera marcada. No solo cometían más errores, sino que, de forma sistemática, tendían a afirmar que imágenes nuevas dentro del segundo recorrido ya se habían repetido, produciendo un número significativamente mayor de falsos positivos. Lo hacían, además, con plena convicción, como si la familiaridad bastara para imponer una certeza.

Estos resultados sugieren que, en la confabulación espontánea, el problema no radica únicamente en aprender o recordar, sino en algo más profundo: la incapacidad para suprimir recuerdos activados pero irrelevantes para la realidad en curso. La mente reconoce, pero no logra discriminar; recuerda, pero no puede corregirse frente al presente. El pensamiento, entonces, deja de adaptarse al ahora y queda atrapado en una narrativa que, aunque coherente, ya no corresponde al mundo que está ocurriendo. Como le sucedía a mi paciente con Alzheimer, confabulando con la presencia de su sobrina en casa, volviendo esa imagen parte de su rutina actual, a pesar de que su visita había ocurrido tiempo atrás. Así pues, la confabulación puede entenderse como un trastorno de la adaptación del pensamiento a la realidad en curso. El cerebro continúa generando narrativas coherentes, pero ha perdido la capacidad de someterlas a un control de plausibilidad contextual. El resultado no es el caos, sino algo quizá más inquietante: una realidad falsa, pero internamente consistente.

En este sentido, la situación que enfrenta el paciente con Alzheimer que busca diariamente a su sobrina no es muy distinta a la del fugitivo de La invención de Morel. En ambos casos, la mente se aferra a una representación significativa del pasado y la proyecta sobre el presente sin posibilidad de corrección. La diferencia es que, mientras en la novela la repetición es producto de una máquina externa, en la confabulación es el propio cerebro el que ha perdido su capacidad de apagar escenas que ya no corresponden al ahora.

Pero investigando me encontré con que este mecanismo puede adoptar formas aún más radicales. Un ejemplo particularmente ilustrativo de la rebeldía de la mente es el caso reportado por Zhang y colaboradores, en el que la confabulación no se limita a un fragmento afectivo del pasado, sino que invade la experiencia completa del presente. Se trata de un hombre en la octava década de la vida, previamente independiente, que comenzó de forma insidiosa con una convicción persistente de que todo lo nuevo ya había ocurrido antes. No se trataba de una sensación pasajera de familiaridad, sino de una certeza inamovible: las noticias, los programas de televisión, sus eBook, las personas en la calle y los lugares que visitaba se repetían exactamente día tras día.

El paciente elaboraba explicaciones detalladas y firmes para justificar esta vivencia, sin aceptar correcciones externas. No presentaba alucinaciones ni delirios estructurados en el sentido psiquiátrico clásico, y su memoria autobiográfica permanecía relativamente preservada. Lo que estaba alterado no era tanto el contenido de sus recuerdos, sino la capacidad de reconocer las cosas nuevas como tal, pues para él ya todo había sucedido antes. El presente se volvía indistinguible del pasado inmediato.

Este fenómeno, descrito como déjà vécu acompañado de confabulación, se fue volviendo omnipresente y progresivamente más angustiante. La evaluación neuropsicológica mostró olvido rápido y disfunción ejecutiva, seguidos de un deterioro cognitivo gradual. La resonancia magnética reveló atrofia cerebral generalizada con predominio temporal izquierdo; el FDG-PET evidenció hipometabolismo temporal izquierdo y bifrontal, y el análisis de líquido cefalorraquídeo fue compatible con enfermedad de Alzheimer probable. A pesar de distintos intentos terapéuticos, los síntomas persistieron y progresaron lentamente durante el seguimiento.

Este caso resulta particularmente revelador porque pone en evidencia, de manera casi experimental, lo que ocurre cuando el cerebro pierde por completo la capacidad de filtrar qué experiencias pertenecen a la realidad en curso. Ya no se trata de confabular con una escena aislada, como la visita de una sobrina, ni de quedar atrapado en una semana perfecta, como en la isla de Morel. Aquí, la totalidad del mundo se convierte en una repetición. El tiempo deja de avanzar porque el presente ha perdido su estatuto como novedad.

Desde esta perspectiva, La invención de Morel deja de ser únicamente una novela sobre la inmortalidad y se transforma en una alegoría inquietantemente precisa sobre la memoria humana. La máquina de Morel no crea copias del pasado: anula el presente. Del mismo modo, en la confabulación asociada a la enfermedad de Alzheimer, el cerebro no “recuerda de más”, sino que falla en suprimir aquello que ya no corresponde al ahora. El resultado es una eternidad artificial, coherente y profundamente falsa, en la que la mente queda atrapada sin posibilidad de corrección.

Esta serie de lecturas y encuentros clínicos me llevó inevitablemente a reflexionar sobre el papel de la memoria y del tiempo en la construcción del individuo. Gabriel García Márquez decía que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. Surge entonces una pregunta incómoda pero necesaria: ¿pertenecen los recuerdos al individuo o al tiempo?, ¿tienen una identidad propia o existen únicamente en relación con quien los evoca?

El fugitivo, en un inicio, descubre en los hologramas de Faustine una forma de compañía, una esperanza mínima para habitar la soledad de la isla. Y cuando comprende la verdadera naturaleza de su presencia, lejos de renunciar a su amor por ella, decide entregar su vida a una eternidad compartida: una alegoría artificial, sí, pero eterna. Y quizás dicha elección no está guiada por la razón, pero sí por un sentimiento más profundo y ferviente.

El paciente que busca diariamente a su sobrina y organiza su rutina en torno a su anacrónica presencia comparte algo esencial con esta historia. Su amor por ella trasciende la amnesia. En su mente, el tiempo ha dejado de ser un eje organizador fiable; cuando los recuerdos pierden su congruencia temporal, el afecto se impone como criterio de realidad. La memoria, aun fragmentada, sigue dando forma al mundo.

Quizá por eso La invención de Morel continúa interpelándonos con tanta fuerza. Porque nos recuerda que la memoria no solo preserva el pasado, sino que construye el presente. Y cuando ese mecanismo falla —por una máquina o por una enfermedad—, no se pierde únicamente la noción del tiempo, sino algo más profundo: la posibilidad de distinguir entre lo que fue, lo que es y lo que deseamos que permanezca para siempre.

Referencias literarias

  1. Bioy Casares A. La invención de Morel. Buenos Aires, Argentina: Emecé Editores; 1940.
  2. García Márquez G. Vivir para contarla. Bogotá, Colombia: Editorial Norma; 2002.

Referencias médicas y neurocientíficas

  1. Schnider A. Spontaneous confabulation and the adaptation of thought to ongoing reality. Brain. 2003;126(Pt 5):1085-1096. doi:10.1093/brain/awg104
  2. Zhang X, Breen N, Parratt K. Déjà vécu with recollective confabulation: an unusual presentation of Alzheimer’s disease. BMJ Case Rep. 2023;16:e255411. doi:10.1136/bcr-2023-255411
  3. Moulin CJA. Disordered recognition memory: recollective confabulation. Cortex. 2013;49(6):1541-1552. doi:10.1016/j.cortex.2012.10.003
  4. Korsakoff SS. Étude médico-psychologique sur une forme des maladies de la mémoire. Rev Philos. 1889;28:501-530.


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