Ecolocalización humana: La visión del mundo a través de los sonidos

Por: Rodolfo Román (Diciembre 6, 2025)

Días atrás, mientras veía algunos documentales en YouTube —uno de mis pasatiempos favoritos— me encontré con la historia de Daniel Kish y el extraordinario trabajo que ha realizado para difundir una técnica que ha transformado la vida de muchas personas invidentes.  La ecolocalización no solo es una manera distinta de ver el mundo, sino también la expresión visible de una profunda capacidad de remodelación cerebral. Kish nació con retinoblastoma bilateral. Su ojo derecho fue extirpado a los 7 meses, y el izquierdo a los 13; privado de ambos ojos para lograr salvar su vida, relata cómo desarrolló, casi de forma natural, otra manera de relacionarse con su entorno. Siendo apenas un bebé, comenzó a explorar sin comprender siquiera que no veía; cuenta que, pocos días después de haber sido operado, yacía inquieto en su cuna, impulsado por ese deseo innato de descubrir. Con el tiempo, tan naturalmente como ver, escuchar, tocar o degustar, emergió en él un sentido singular: comenzó a usar su lengua, sus cuerdas vocales y otros mecanismos fonatorios no solo para hablar, sino para producir clics”, pequeñas detonaciones acústicas que viajaban por el espacio, chocaban con los objetos y regresaban convertidas en ecos. Dependiendo del tamaño, la distancia, la profundidad o el movimiento de aquello que encontraban, estos ecos adquirían matices distintos, y al llegar a los oídos de Kish le revelaban “la arquitectura invisible del mundo”. Y es que invisible es un término injusto ante la situación particular de Kish, pues ante los ojos del mundo se asumía que no podía ver, pero su cerebro se remodeló de tal manera que terminó “viendo” de un modo análogo al de los murciélagos. Hoy, Kish se ha convertido en una figura de esperanza para la comunidad invidente, tanto así que podríamos decir, sin exagerar demasiado, que es una especie de superhéroe, un “Daredevil” de la vida real.

Pero más allá de la fascinante historia de Kish, su forma de ver en el mundo me recordó un par de lecturas que marcaron mi ideario personal años atrás. Primero me recordé leyendo Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. En esta novela se relata la súbita ceguera de toda una ciudad. Si la memoria no me falla, al inicio se narra que un hombre que conduce su automóvil, súbitamente queda envuelto de pronto por un resplandor aural —la llamada “ceguera blanca”— y termina involucrado en un accidente. A partir de ese momento, Saramago despliega una odisea humana que sigue a varios personajes mientras intentan sobrevivir al derrumbe de su mundo visual. En ese tránsito aparecen lo peor y lo mejor del ser humano: traiciones, violencia, alianzas inesperadas y fisuras éticas que revelan una fragilidad que, quizá, siempre estuvo allí.

Entre ese grupo de protagonistas destaca “el viejo de la venda negra”, quien se une a ellos cuando todos están recluidos en un manicomio. Esa imagen del manicomio —un espacio diseñado para contener la locura— sirve como metáfora del desconcierto absoluto que envuelve a personas que han perdido, de golpe, el sentido que articula gran parte de la experiencia humana: la vista. El viejo de la venda negra es el único “ciego verdadero”, alguien que ya vivía sin ver antes de la epidemia. Su presencia aporta conocimiento práctico, sí, pero sobre todo revela que el tema central de la novela nunca fue la ceguera física, sino que son la ceguera moral, social y política las que estructuran la tragedia.

Y es difícil no trasladar esa reflexión a nuestra propia realidad. ¿Quién de nosotros no se ha encontrado alguna vez con una persona invidente tratando de orientarse en un mundo construido casi exclusivamente para quienes vemos? Más aún, hemos diseñado sistemas para “incluirlos” sin que quienes los diseñan comprendan realmente qué necesitan. Pareciera que las ideologías políticas, para cualquiera de los extremos, están tan preocupadas por “definir nuevas minorías” o “luchar en contra de ellas”, que nos hemos vuelto ciegos ante lo verdaderamente esencial. En 2020 se estimó que 43.3 millones de personas vivían con ceguera total en el mundo (Bourne, Rupert et al., The Lancet Global Health, 2021). Pero si ampliamos la mirada e incorporamos la baja visión o la discapacidad visual moderada a grave —es decir, la pérdida significativa de visión cercana o lejana— la cifra se dispara: más de 1,000 millones de personas presentan algún grado de pérdida visual, según la Organización Mundial de la Salud. Así pues, la experiencia de vivir sin ver está lejos de ser marginal.

El propio Kish insiste en la necesidad de transformar el paradigma educativo para personas invidentes. Propone crear centros de entrenamiento donde jóvenes ciegos reciban orientación de otros ciegos que ya han aprendido a navegar el mundo sin ver, empleando estrategias como la ecolocalización. Y es que esto tiene todo el sentido: ¿quién mejor para acompañar a un niño que ha perdido la vista —o que nunca pudo ver— que alguien que ha recorrido ese mismo camino y ha descubierto otras formas de percibir?

En la fundación de Kish (World Access For The Blind) abundan las imágenes que desafían cualquier prejuicio: grupos de personas invidentes haciendo hiking, recorriendo rutas de bicicleta de montaña o chicos usando patineta, desplazándose con una seguridad que sorprende incluso a quienes podemos ver. Es un espectáculo profundamente inspirador desde lo social y, al mismo tiempo, despierta una legítima curiosidad científica: ¿cómo es que lo logran? Kish parece recordarnos, con cada ejemplo, que lo “imposible” es solo un concepto abstracto que se disuelve cuando la genialidad humana, la plasticidad cerebral y la voluntad se encuentran.

En contraste con el mundo de ciegos de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, años atrás H. G. Wells había escrito otro cuento extraordinario: El país de los ciegos. Wells es más bien reconocido por La máquina del tiempo o La guerra de los mundos. Para muchos, es considerado “el padre de la ciencia ficción”, y es que el rigor y el instinto científico de Wells son innegables. En El país de los ciegos, Wells narra la forma de vida de un místico país alojado “a quinientos kilómetros o más de Chimborazo, a ciento cincuenta de las nieves de Cotopaxi, en las más agrestes latitudes de los Andes ecuatorianos”. A este lugar habían llegado, muchos años atrás, “unos hombres, una o dos familias de mestizos peruanos que huían de la lujuria y la tiranía de cierto gobernador español” quienes, posterior a “la formidable erupción del Mindobamba, cuando se hizo de noche en Quito durante diecisiete días y el agua hirvió en Yaguachi y los peces flotaron muertos hasta en el lejano Guayaquil; a lo largo de todas las pendientes del Pacífico se produjeron desprendimientos de tierra, rápidos deshielos y bruscas inundaciones, y una cara entera de la cresta del viejo Arauca se desgajó y cayó con gran estrépito, aislando para siempre el País de los Ciegos de las pisadas exploradoras de los hombres”. Así pues, esta tierra aislada da lugar a una comunidad que fue afectada por una extraña enfermedad que había dejado ciegos a todos los nacidos allí. “La enfermedad siguió su curso entre la pequeña población de aquel valle ahora aislado y olvidado. Los viejos se volvieron medio ciegos y andaban a tientas, los jóvenes veían sólo borrosamente, y sus hijos nunca vieron nada”. Pero los videntes se habían vuelto ciegos tan lentamente que apenas notaron el cambio en su vida, y su raza sobrevivió. “Se fueron sucediendo las generaciones. Olvidaron muchas cosas; inventaron otras muchas. La tradición del gran mundo del que provenían adquirió un tinte mítico e incierto. En todo excepto en la vista eran fuertes y capaces, y pronto las probabilidades genéticas y hereditarias hicieron nacer entre ellos a uno con una mente original y capaz de hablar y convencer a los demás, y luego a otro. Ambos murieron dejando su impronta, y la pequeña comunidad creció en número y conocimiento, y afrontó y resolvió los problemas sociales y económicos que se planteaban”.

Tiempo más tarde, un montañero (Nuñez), que trabajaba como guía para una expedición inglesa, cae accidentalmente por los acantilados que aíslan la misteriosa región de los ciegos; logra sobrevivir y queda asombrado por la forma de vida de dichos habitantes. La ciudadela, diseñada por ciegos para ser habitada por ciegos, es simple pero orgánica. “Las casas del centro de la aldea no se asemejaban a la improvisada e irregular aglomeración de los pueblos de montaña que él conocía; se alzaban en una fila continua a ambos lados de la calle principal con asombrosa limpieza; aquí y allá una puerta atravesaba sus fachadas multicolores, y ni una sola ventana rompía su frontal uniforme”. En su interacción con los habitantes, Nuñez llega creyendo que su capacidad de ver lo convertirá en su gobernante, recordando el proverbio “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. Sin embargo, los habitantes interpretan su visión como una enfermedad mental y rechazan sus intentos de imponerse o explicar el mundo exterior. Tras fracasar en rebelarse, termina viviendo como uno más; se enamora de una joven llamada Medina-saroté y desea casarse con ella, pero los ancianos exigen extirparle los ojos para “curarlo”, hecho que lo aterra profundamente, colocándolo en un dilema entre preservar el amor o sus ojos. Finalmente, prefiere estos últimos y logra arreglárselas para huir del País de los Ciegos.

¿Qué pasaba biológicamente en esa estirpe tan especial de El país de los ciegos? Aquí es donde encuentro una maravillosa correlación con los fenómenos adaptativos del cerebro humano cuando los estímulos visuales se interrumpen a edades tempranas y surgen mecanismos compensatorios como la ecolocalización. En las descripciones de Wells, aquellas generaciones que nacieron y crecieron sin ver desarrollaron nuevas formas de comprender el entorno; algo muy semejante ocurre, en la realidad biológica, con el cerebro humano privado de visión. La evidencia neurocientífica demuestra que, cuando la entrada visual desaparece durante los primeros años de vida, la corteza occipital —tradicionalmente considerada “visual”— no queda inactiva: se reorganiza, se reasigna y comienza a procesar información auditiva, espacial y táctil con una eficiencia sorprendente.

Pero antes de adentrarnos de lleno en los estudios sobre remodelación cerebral en ecolocalización, quisiera que resumamos brevemente los principios básicos de cómo funciona la corteza cerebral en condiciones normales. Vale la pena recordar que la corteza cerebral tiene lo que llamamos áreas primarias. La corteza motora primaria (área 4) se encuentra en el giro precentral del lóbulo frontal. Esta área controla el movimiento del lado opuesto del cuerpo. La corteza somatosensorial primaria (áreas 1,2,3) está en el giro poscentral del lóbulo parietal y participa en la sensibilidad del lado opuesto del cuerpo. Observa que los giros precentral y poscentral están separados por el surco central, y que las áreas motoras se ubican anteriores a las áreas somatosensoriales. La corteza visual primaria (área 17) se localiza en los lóbulos occipitales, a lo largo de las paredes de un surco profundo llamado cisura calcarina. La corteza auditiva primaria (área 41) está compuesta por los giros transversos de Heschl, dos giros con forma de dedo que se encuentran dentro de la cisura de Silvio, en la superficie superior de cada lóbulo temporal.

Crédito de imagen: Diapositiva realizada con imágenes de NEUROANATOMY through Clinical Cases. Third edition. HAL BLUMENFELD, M.D., Ph.D. Yale University School of Medicine.

Asimismo, la corteza cerebral cuenta con una gran cantidad de áreas de asociación, encargadas del procesamiento de información compleja o de nivel superior. Dentro de estas cortezas de asociación existen dos tipos principales. Por un lado, las áreas corticales de asociación unimodal, que procesan información proveniente de una sola modalidad sensitiva o motora y se encuentran adyacentes a la correspondiente zona primaria. Por ejemplo, la corteza de asociación unimodal visual se localiza justo anterior a la corteza visual primaria. Por otro lado, las áreas corticales de asociación heteromodal integran información de múltiples modalidades sensitivas y/o motoras, permitiendo una representación más amplia y compleja del entorno y de las acciones posibles sobre él.

Crédito de imagen: Diapositiva realizada con imágenes de NEUROANATOMY through Clinical Cases. Third edition. HAL BLUMENFELD, M.D., Ph.D. Yale University School of Medicine.

Pero estas áreas de asociación son aún más interesantes, pues forman circuitos que dan significado a los estímulos sensitivos. Específicamente, para la información visual, las neuronas del área visual primaria (área 17) proyectan información hacia áreas de asociación, incluyendo las áreas 18 y 19, que interpretan movimiento y relaciones espaciales. A partir de las áreas 17 y 18 se desprenden dos grandes vías de procesamiento visual superior:

  • La vía dorsal se proyecta hacia la corteza de asociación parieto-occipital. Esta vía responde a la pregunta “¿dónde?”(Where?), analizando el movimiento y las relaciones espaciales entre los objetos, así como la relación de nuestro propio cuerpo con los estímulos visuales.
  • Por otro lado, la vía ventral se proyecta hacia las áreas de asociación occipitotemporales. Esta vía responde a la pregunta “¿qué?” (What?), analizando la forma, con regiones específicas capaces de identificar colores, caras, letras y otros estímulos visuales.

Crédito de imagen: Diapositiva realizada con imágenes de NEUROANATOMY through Clinical Cases. Third edition. HAL BLUMENFELD, M.D., Ph.D. Yale University School of Medicine.

Ahora bien, ¿cómo es que, en ausencia de visión, estas vías corticales se reorganizan para procesar información acústica en ecolocalizadores expertos? Lore Thaler y colaboradores exploraron esta pregunta en un estudio fascinante realizado con resonancia magnética funcional en cuatro participantes: dos expertos en ecolocalización y dos controles videntes. El primero, identificado como EB (early blindness), tenía 43 años y había perdido ambos ojos a los 13 meses de edad debido a un retinoblastoma bilateral, por lo que desarrolló desde muy temprano una forma natural de orientarse mediante el sonido. El segundo, LB (late blindness), de 27 años, quedó ciego a los 14 por atrofia del nervio óptico; aunque su privación visual ocurrió más tarde, también había logrado convertir la ecolocalización en una herramienta cotidiana para desplazarse, hacer hiking, montar bicicleta de montaña o incluso jugar baloncesto. Los dos individuos controles, C1 y C2, fueron pareados con la misma edad que EB y LB, respectivamente. Pero este no fue un experimento sencillo. Antes de someterlos al escáner, los investigadores tuvieron que grabar cuidadosamente los clics de cada uno y los ecos que éstos producían, pues resulta imposible realizar resonancias magnéticas mientras los participantes “hacen clics” por la ciudad. Con estas grabaciones, posteriormente se analizó su respuesta a estímulos de ecolocalización tanto activa como pasiva. Se evaluó su capacidad para clasificar la localización, la forma y el movimiento de distintos objetos, midiendo su precisión. Además, se examinó su desempeño en una escena exterior más compleja, pidiéndoles diferenciar algo versus nada, y también discriminar entre un auto, un poste, un árbol o la ausencia de objeto.

La Figura 1 resume esta primera fase del experimento, y allí comienzan a hacerse evidentes las diferencias entre los participantes. EB, por ejemplo, mostró un desempeño extraordinario: en la clasificación de escenas exteriores —diferenciar algo versus nada— alcanzó prácticamente el 100% de efectividad, y su capacidad para distinguir entre objetos específicos como un auto, un poste o un árbol se mantuvo también cerca del 100%, muy por encima del nivel del azar. LB, aunque había perdido la visión mucho más tarde en la vida, demostró un rendimiento notable: superó el 95% de aciertos al diferenciar algo versus nada, y aunque su precisión disminuyó ligeramente cuando debía distinguir entre distintos objetos, siguió mostrando un desempeño claramente superior al de los controles. En contraste, C1 y C2 —sin entrenamiento y con visión normal— se desplomaron en estas tareas más complejas: sus porcentajes para diferenciar objetos específicos cayeron a menos del 40%, apenas por encima del azar, lo que subraya que la capacidad para “leer” una escena acústica no es intuitiva, sino el resultado de años de práctica y adaptación sensorial.

Más aún, los resultados de la resonancia funcional impresionan y refuerzan la idea de que el cerebro es un organismo profundamente plástico, capaz de reorganizarse cuando la experiencia sensorial lo exige. En el caso de EB, las imágenes en la Figura 2 muestran una activación robusta de la corteza visual primaria —justamente en torno a la cisura calcarina— así como de diversas áreas asociativas que normalmente participan en el procesamiento visual. Es decir, en EB, los ecos que él mismo genera con sus clics son procesados en regiones que, en un cerebro vidente, se reservan para la visión. LB, aunque perdió la vista mucho más tarde, también exhibe un patrón claro de reorganización: su activación en corteza visual es menor que la de EB, pero aun así recluta zonas pericalcarinas junto con extensas cortezas de asociación que participan en análisis espacial y sensorial de alto nivel. Ambos sujetos, como era de esperarse, muestran además activación en la corteza auditiva, la puerta natural de entrada para los estímulos acústicos.

En contraste, los dos controles videntes revelan un panorama completamente distinto: su actividad cerebral se limita prácticamente a la corteza auditiva, con una activación muy pobre en áreas de asociación visual y ninguna activación en corteza visual primaria. Esto confirma que, sin entrenamiento ni necesidad sensorial, el cerebro vidente no “interpreta” los ecos como información espacial compleja, y por tanto no recluta los circuitos visuales para procesarlos. En cambio, los cerebros de EB y LB han transformado el sonido en una forma alternativa de percepción espacial, reconfigurando circuitos que tradicionalmente asociamos con la visión para dar significado a un mundo percibido a través del eco.

Un hallazgo particularmente revelador fue cuando los investigadores examinaron la actividad del cerebelo, una estructura que solemos asociar casi exclusivamente con la coordinación motora, pero que en realidad participa en una amplia gama de funciones sensoriales y cognitivas. En la Figura 6, tanto EB como LB muestran una activación cerebelosa marcada al escuchar los ecos de sus propios clics. Esta activación se distribuye en regiones como los lobulillos VI y VIII, el vermis, el lobulillo X y zonas del Crus II, áreas conocidas por integrar información sensorial fina y por participar en el análisis temporal de estímulos complejos. En otras palabras, el cerebelo de los ecolocalizadores no solo modula el movimiento: también parece involucrarse activamente en decodificar el “paisaje acústico” que producen sus clics, ajustando de manera milimétrica la interpretación del eco y contribuyendo a la precisión espacial que ambos demostraron en las tareas conductuales.

Lo fascinante es que esta activación cerebelosa se observa tanto en EB como en LB, aunque con matices: EB tiende a mostrar un patrón más robusto y extendido, coherente con su ceguera desde muy temprano en la vida y con la larga trayectoria de adaptación sensorial. LB, por su parte, también activa estas regiones, lo que confirma que la reorganización cerebelosa no depende exclusivamente de la ceguera temprana, sino también del uso intensivo y experto de la ecolocalización como estrategia perceptual.

En contraste, los controles C1 y C2 muestran activación cerebelosa, sí, pero mucho más limitada y menos específica. En ellos, la señal aparece de manera dispersa y probablemente refleja procesos básicos de atención auditiva o de análisis general del estímulo, pero no un procesamiento fino del eco ni una interpretación espacial sofisticada. Es decir, sus cerebelos “oyen”, pero no “leen” el eco de la misma manera que lo hacen los ecolocalizadores.

La comparación final es contundente: en los contrastes que aíslan la respuesta a sonidos con eco frente a sonidos sin eco —y especialmente al compararla entre ecolocalizadores y controles— emergen activaciones claras en cerebelo únicamente en EB y LB. Esto sugiere que el cerebelo, lejos de ser un simple coordinador motor, se convierte en un coanalista sensorial, ayudando a interpretar el tiempo, la dirección y la variación de los ecos, afinando una percepción que sustituye, al menos en parte, las funciones tradicionalmente asumidas por la visión.

Así pues, integralmente el estudio muestra que la ecolocalización no solo reorganiza la corteza visual, sino también el cerebelo, integrándolo en un circuito multisensorial más amplio que permite a estos individuos “ver” el mundo con el sonido.

Quiero así concluir diciendo que ese documental sobre Daniel Kish, que me llevó a brincar de eco en eco, desempolvando mi memoria pero también llevándome a leer e investigar más sobre el tema, deja claro que la ceguera no es un vacío, sino un territorio fértil donde el cerebro humano reinventa sus propias reglas. Allí donde los protagonistas de Ensayo sobre la ceguera veían caos y deshumanización, y donde los habitantes de El país de los ciegos habían construido un mundo completo sin luz, la neurociencia actual nos muestra que el cerebro real —el de EB, el de LB, el de tantas personas ciegas— es capaz de esculpir nuevos caminos, reasignar funciones y transformar el sonido en una forma alternativa de visión. La ecolocalización no es solo una habilidad extraordinaria: es la prueba viviente de que la percepción es dinámica, moldeable y profundamente humana. Y quizá por eso la historia de Kish nos conmueve tanto: porque nos recuerda que ver no siempre depende de los ojos, sino de la infinita capacidad del cerebro para encontrar significado, incluso en la oscuridad.

Referencias

Artículos científicos

Thaler L, Arnott SR, Goodale MA. Neural correlates of natural human echolocation in early and late blind echolocation experts. PLoS One. 2011;6(5):e20162. doi:10.1371/journal.pone.0020162.

Thaler L, Goodale MA. Echolocation in humans: an overview. WIREs Cogn Sci. 2016;7(6):382–393.

Schmidt S, et al. Stimulus uncertainty affects perception in human echolocation: timing, level, and spectrum. Psychol Sci. 2013.

Blumenfeld H. Neuroanatomy Through Clinical Cases. 3rd ed. Sinauer/Oxford University Press; 2021. (Para figuras y descripciones anatómicas).

Global Burden of Disease Vision Loss Expert Group. Causes of blindness and vision impairment in 2020 and trends over 30 years. The Lancet Global Health. 2021;9(2):e130–e143. doi:10.1016/S2214-109X(20)30425-3.

Sitio Web de la OMS

https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/blindness-and-visual-impairment

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